La noche no pidió permiso para invadir la estancia
dejando nubes oscuras en las paredes y las almas.
Y aunque nunca nadie le dió su consentimiento,
ocupó cada rincón vacío con el batir de sus alas.
Graznidos de cuervos tras los cristales rotos
despertaron las inmensas olas de miles de marchas.
La ciénaga dejó su rastro ponzoñoso tras su paso,
deslizandose por la casa entre sus propias babas.
Su aliento apestoso de alcohol y mentiras negras,
contaminó el aire, venenoso y ardiente como brasas.
Dejémosle las ruinas de su mundo oscuro y frio,
para disfrutar, tras su tormenta, nuestras calmas.
Advertisement